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Mensaje de despedida - Darío



Todos somos conscientes de que aún queda mucho para poder decir que hemos vencido al maldito covid-19, de que falta todavía más para que podamos recuperarnos de la catástrofe económica que va a suponer, para que puedan volver a crearse todos los puestos de trabajo perdidos y levantarse de nuevo todos los proyectos que se fueron al traste, y lo peor de todo, de que nunca podremos llenar el hueco que han dejado tantos miles de personas que se nos han ido. Algunas historias, sin embargo, sí que están llegando a su final, y una de ellas es esta nuestra, la de Mascarillas de Madrid.


Después de casi dos meses de trabajo frenético, esta semana estamos repartiendo el material para la última tanda de mascarillas, un material que se ha podido adquirir gracias a la generosidad de muchas personas que han querido colaborar para que esto siguiera siendo posible, pero ni es posible seguir estirando esa generosidad ni tampoco seguir consumiendo el tiempo de nuestros voluntarios, que deben volver a sus trabajos, si es que no lo han hecho ya, y empezar poco a poco a retomar sus vidas tal y como eran antes, si es que tal cosa es posible. Nuestra compañera Marta decía hoy que, después de esto, nunca seremos los mismos. Y seguro que tiene razón.


¿Cómo vamos a volver a ser iguales después de haber formado parte de esta especie de sueño, de haber aunado esfuerzos con varios cientos de personas maravillosas, de haber aprendido algo de todas y cada una de ellas? Todos nos apuntamos con la intención de ayudar a los demás, de aportar nuestro granito de arena, por no querer estar en casa de brazos cruzados mientras otros libraban la batalla por nosotros, desde nuestros grandísimos sanitarios hasta el personal de los supermercados, pasando por un montón de profesionales que han permanecido en sus puestos para que los demás pudiésemos estar a salvo. Ahora, cuando ya casi hemos terminado la labor, muchos nos damos cuenta de que también lo hemos hecho por nosotros mismos, que tenemos la sensación de que es más lo que nos llevamos que lo que hemos puesto de nuestra parte. Que, en muchos momentos, este trabajo solidario nos ha hecho inmensamente felices. Quizá la mejor forma de explicarlo es la que ha tenido Mari Ángeles, una admirable costurera con varias décadas peinando canas que, al recoger de manos de Andrés, otro compañero, el material para fabricar las últimas mascarillas, le decía que se siente muy agradecida por haberse vuelto a sentir tan útil, a sus años. Que coser tanto rato hacía que le doliera la espalda, pero que a cambio le quitaba de la cabeza y del corazón el dolor por todo lo que está pasando.


En este tiempo, personas que no habían cosido apenas en su vida han aprendido sobre la marcha de la mano de las que sí sabían. Otras, que por la razón que fuera habían dejado de hacerlo, han vuelto a poner a punto sus máquinas de coser y las han hecho correr como nunca. Personas que hace unos meses trabajaban en un montón de profesiones diferentes se han puesto al volante de sus coches para convertirse en transportistas a tiempo completo, mientras que otros se han dedicado a organizar lo que parecía imposible organizar, pero lo han conseguido. Los del transporte, y ahora paso a la primera persona del plural, hemos tenido la suerte y el privilegio de conoceros a todos. De empezar cada día en casa de Silvia, que siempre nos recibe con su mejor sonrisa a pesar de que, muchas de las veces, apenas había dormido un par de horas, pues está hasta las tantas preparando los envíos del día siguiente. Hemos hablado por teléfono con Chema o con Javi para que nos aclarasen alguna duda sobre la ruta, a dónde van esas 100 mascarillas que nos sobran o si el teléfono que figura para tal o cual sitio es el correcto, y hemos terminado más de una jornada en el portal de Emilio descargando los paquetes que iban a algún destino fuera de Madrid. Nos hemos cruzado en ocasiones entre nosotros, cuando nuestras rutas se intersectaban, nos hemos saludado con el codo y hemos creado amistades imperecederas. Pero, sobre todo, hemos podido tratar con quienes habéis estado cosiendo, saber poco a poco algo más de vuestras vidas, quién tiene hijos, quién nietos, hasta nos habéis enseñado fotos, y nos hemos dado el gustazo de entregar el fruto de vuestro trabajo en el otro extremo de la cadena, ese momento que lo justifica todo. Cada vez que entrábamos en un hospital, en un asilo, en una asociación, en un banco de alimentos, en un parque de ambulancias, en una comisaría de Policía o en un cuartelillo de la Guardia Civil, en fin, en tantos lugares donde necesitaban nuestras mascarillas más que el pan, es a nosotros a los que daban las gracias, éramos nosotros los que intuíamos las sonrisas bajo los rostros cubiertos y en sus miradas que todo lo decían, y no sé si habremos conseguido transmitir a los que no estábais ahí cuánto de ese agradecimiento, casi todo, es para vosotros. No sabéis cuánto bien habéis hecho, a cuánta gente habéis podido ayudar. Lo que seguramente sí sabéis, porque lo sabemos todos, es cuánto lo merecían.


Y ahora paso del plural a la primera persona del singular. En estas seis semanas, personas que empezaron siendo un número de teléfono en un grupo de whatsapp ahora son amigas queridas cuyo contacto espero mantener siempre, y un par de ellas que ya lo eran antes ahora lo son todavía más. He acudido a muchas casas para recoger mascarillas o entregar material, el primer día con un poco de corte por ambas partes, con esa incomodidad añadida que da el tener que ir todo el tiempo enmascarados, pero al cabo de varias visitas sois ya personas con nombre propio cuyo teléfono me he grabado en la agenda para no perderlos, personas a las que en estos últimos días me apetecía abrazar para devolverles al menos una parte de la amabilidad que me han dado a mí. No voy a recitar vuestros nombres porque bastante largo está saliendo ya esto, pero vosotras sabéis quiénes sois, y sabéis que me acordaré, por ejemplo, de la que siempre me ofrecía bajarme un bocadillo aunque yo siempre le decía que no hacía falta, de la que siempre bajaba corriendo para recibirme en el portal, de la que me regaló un kit de limpieza para el coche que me hizo más ilusión que si fuera un móvil de último modelo, o de la que esta misma mañana me ha dado por lo menos tres kilos de limones. De todas, me acordaré de todas.


Pero para acabar (si es que habéis aguantado hasta aquí, jajaja) tengo que hablaros una vez más de la primera costurera a cuya casa fui, de María Rosalba, que tanto me impresionó cuando me enteré la semana pasada de que no se había querido quedar ni una sola mascarilla para su uso o el de su familia. Cuando se lo conté a Silvia, que es un ángel además de un torbellino humano, me dijo que pensaba coser ella misma varias mascarillas para que se las llevase a María Rosalba, y eso ha sucedido hoy, al final de mi ruta.

María Rosalba estaba abrumada por este, que sin duda era el más humilde de los regalos, pero que alguien a quien no había visto nunca lo hubiera hecho especialmente para ella le ha llegado a lo más hondo. Entonces me ha contado que estuvo muy enferma a finales de febrero y que después cayó su marido, que no saben si fue el coronavirus porque en ese momento no se hacían test, pero que, viendo cómo se entregaba el personal sanitario en el hospital al que fue (supongo que se trataba del Severo Ochoa, pero así habría sido en cualquier hospital de España), dice que le pidió a Dios la oportunidad de poder hacer ella algo por los demás, y entonces, justo entonces, sus hijos le hablaron de un proyecto que estaba arrancando en esos días: Mascarillas de Madrid.


Yo, que me cuesta creer desde hace ya tiempo, no podía evitar emocionarme al oírla hablar con semejante Fe, mientras me explicaba que el participar en esto ha sido un regalo de Dios, y que sólo Él ha podido reunir a tantas y tantas buenas personas, a las que, poniéndose la mano en el pecho, decía querer con toda su alma y con todo su corazón, a pesar de no conocer a casi ninguna...


Y eso que me decía María Rosalba, haciéndome brillar las lágrimas en los ojos, es lo que es, lo que ha sido y lo que siempre será Mascarillas de Madrid.


Un millón de gracias a todos.

Darío




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